martes, 19 de mayo de 2009

Infección mental

Viernes 15 de mayo

Considerando que era quincena y el dinero apremia, el día viernes estuve muy temprano en la oficina, lo suficiente como para que algunos se sorprendieran y otros no porque esos aún no llegaban. En realidad no estuve temprano por el dinero ya que ese proceso se realiza de forma semi-automática pero si existía la sensación de culpa por la ausencia el día anterior. La actividad principal en la oficina fue terminar un comercial especial porque estaba realizado con efectos. Nada demasiado exagerado, solo unas cuantas letras moviéndose de aquí para allá y reacomodándose en sus 3 ejes, sin embargo es este tipo de efecto los que más tiempo pueden llevar porque todos los movimientos deben encajar perfectamente para que la ilusión se cumpla.

Eso me llevó prácticamente todo el día, con sus típicas interrupciones que no valen mencionar. Se aprobaron comerciales en los que había trabajado antes, lo cual siempre es buena noticia. También me movilicé con un compañero a revisar posibles locaciones para una transmisión via microonda que se realizaría el próximo viernes.

Para el medio día ya se sabía la noticia de la gripe porcina en Guayaquil lo que causó algo de pánico entre la gente en diferentes ámbitos de comunicación. Con esto quiero decir que me llegaron mensajes de texto, llamadas y mensajes del messenger indicándome la noticia además de mis compañeros de trabajo que no se de donde ya cargaban todos mascarillas y me ofrecieron una a mi.

Esa noche al volver a casa pasé por la farmacia por unas pastillas y me sorprendí de lo llena que estaba y de cómo la gente pedía mascarillas y desinfectante en gel solo para enterarse de que estaban agotados. No estaba muy asustado pero prevenir no hace daño así que compré algo de alcohol para cargar en mi práctico spray. Al llegar a casa llené otros frascos con spray y los repartí entre Daniela y la empleada recordándoles desinfectarse las manos después del contacto con otras personas o la salida a lugares públicos.

La paranoia reinó y esa noche no salimos, disfrutamos de lo mejor que la tele nos podía ofrecer mientras nos calmábamos el uno al otro con respecto a las posibilidades de que aquella enfermedad invada la ciudad. Nada peor que acostarse a dormir después de crear un plan de evacuación.

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