lunes, 9 de marzo de 2009

El Recalentamiento

viernes 6 de marzo

Nos levantamos con Daniel y otro ataque de fiebre, esta vez más potente. Fuimos temprano a la doctora, algo que todas formas ya habíamos decidido la noche anterior. Nos atendió muy amablemente y le envió exámenes de orina y de sangre a lo cual ambos padres emitimos un sonido describible únicamente con la palabra gasp.

Daniel ha soportado agujas antes, pero no es algo que nos guste ver. Aprovechamos he hicimos el funesto trámite ahí mismo. Nos tocó Cruella de Ville de enfermera. Daniel no es tonto, y al ver el lugar se puso a llorar como loco y nos halaba a la puerta. Cuando dijeron su nombre pegó un chillido y la gente que veía hacia donde nos dirigíamos, se compadecía de él en voz alta. "Pobrecitos" fueron escuchados a nuestro alrededor mientras Cruella le ordenaba a Daniela que se siente y lo sostenga con fuerza. Yo ayudé con las piernas y tapándole los ojos, ya que la enfermera le mostró como 3 veces la aguja sin importarle que llorara más. Otra enfermera se acercó a ayudar pero no pudo hacer mucho. Liga en el brazo y a mirar para otro lado. El grito de Daniel estremeció a todos, menos a la que sostenía la aguja. Ella se tomó su tiempo y cuando decidió que era suficiente, se dio cuenta, con mucha lentitud, que no tenía algodón con alcohol, así que mientras levantaba la tapa del recipiente de algodones con la otra mano, la movía con cuidado, porque era de vidrio cuidado se rompe, cogía un algodón y le volvía a poner la tapa, Daniel seguía con la aguja en su brazo, llorando.

Suprimí mis ganas de ahorcarla y las canalicé en consuelo para mi hijo. Salimos de ahí apresurados, a comprar un merecido helado. Para mí, no para él, él está enfermo y no puede, yo la pasé muy mal, me lo merezco.

Mentira, como crees, el helado fue para Daniel.

Mientras salíamos recibí una llamada del trabajo que olvidé por completo que existía, preguntándome la hora de mi llegada. Dije pronto aunque sabía que no sería así.

David había olvidado su billetera el día miércoles y como estábamos cerca de su casa y el tiene un perro que a Daniel le gusta mucho, decidimos pasar rápidamente por ahí. Daniel no se interesó mucho por el perro y viceversa, dándonos solo unos cuantos minutos mas de conversación antes de nuestra partida.

Llegué tarde al trabajo y sin computadora. Pero al parecer no era el único. El resto de máquinas del sistema empezaron a fallar también y hubo que llevar unas cuantas a reparar. Mi carro fue escogido como medio de transporte y fue así como terminé saliendo súper temprano del trabajo, con otra misión, esta vez por suerte, solo la de transportar.

Al llegar a casa encontré a un Daniel con fiebre muy alta. La doctora nos había recomendado el mismo tratamiento que ya teníamos, tempra cada 4 horas y baños para refrescar y es justamente lo que hicimos, pero no sirvió de mucho, lo bañábamos y a los pocos minutos se recalentaba. Nuestra preocupación aumentaba y estuvimos alerta.

Y bien alerta, toda la noche, poniendo un trapo con agua fria en su frente mientras él dormía agitado. Me despertaba y me preocupaba y luego me dormía preocupado y me volvía a levantar de la preocupación. Una experiencia tan fea como suena.

Pero la esperanza llegaría con el amanecer.